François Zumbiehl, socio de «Los de José y Juan», recuerda al maestro de la naturalidad en su centenario.

La primera imagen de torero que miré con detenimiento, a los cinco o seis años, fue en la casa familiar una fotografía de Antonio Bienvenida, dedicada a mi abuela, con la sonrisa iluminando su rostro al entrar en una plaza. Luego, antes de llevarme a ver en Bayona mi primera corrida a los diez años, mi madre tuvo el acierto de invitarme a un cine de Biarritz donde ponían ‘Tarde de toros’.

El chaval que yo era no entendía cómo esta misma sonrisa, que imperaba también en sus actuaciones contempladas en Bayona y San Sebastián, y que se reflejaba en su cara al remate de cada tanda, saliendo ileso de un pozo de peligros, podía compaginarse con una gesta tan heroica y difícil como el hecho de enfrentarse con un toro bravo.

El chaval que yo era no entendía cómo esta misma sonrisa, que imperaba también en sus actuaciones contempladas en Bayona y San Sebastián, y que se reflejaba en su cara al remate de cada tanda, saliendo ileso de un pozo de peligros, podía compaginarse con una gesta tan heroica y difícil como el hecho de enfrentarse con un toro bravo.

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Con el tiempo entendí que esta expresión tan suya de alegría no era sólo la culminación de un instante de triunfo, sino que se invertía en la sustancia de su toreo mismo, haciéndolo transparente, con esa naturalidad –marca suprema del clasicismo– que tanto han elogiado en él el maestro Pepe Luis Vázquez y Ángel Luis Bienvenida: «Su toreo –me dijo Ángel Luis al hablar de su hermano– era como una música agradable, una música que no tiene violencia». De hecho, nunca el esfuerzo y la tensión se notaron en su forma de torear. Lograba de inmediato el equilibrio entre el dominio y la suavidad. Cuando el toro se hacía demasiado apremiante, el maestro se lo quitaba de en medio o se deslizaba fuera de su alcance con un juego de brazos, parecido al de un prestidigitador, que tenía una gracia y una eficacia inconfundibles.

Esta aparente y preciosa ingravidez de los gestos no quitaba un ápice de seriedad a su arte, sino todo lo contrario. El temple fue su constante preocupación y el signo más evidente de su maestría. A alguien, que le preguntó un día la razón de ello, contestó: «Porque siento en cada pase que se va muriendo mi faena.»

Y nunca olvidaré su última vuelta en hombros, en la plaza de Las Ventas, en aquella triste tarde de octubre de 1975. Cuando el féretro, revestido del capote de paseo de Joselito, cruzó la boca de riego para dirigirse a la Puerta Grande, unos gritos unánimes de «¡torero, torero!» Ovacionaron su salida y un mar de pañuelos se alzó en los tendidos como último adiós a Antonio Bienvenida, pidiendo al cielo las orejas por como trofeo máximo por esta soberbia vida de torero y de hombre.