Artículo escrito por Álvaro Salamanca, socio de «Los de José y Juan», para la revista La Occidental.

¡Qué imagen la de la Plaza de toros de Las Ventas minutos antes de comenzar la feria de otoño! La estatua del Yiyo, en los aledaños de la puerta grande, parece cobrar vida entre el movimiento frenético de aficionados, algunos despistados, que corren a ocupar sus asientos. La escena es -¡cómo no!- profundamente castiza. Una amalgama de aficionados que se agolpa en los bares cercanos a la Monumental, los carteles emblemáticos («Tu Mahou bien fría») que decoran sus fachadas, y los gritos de «¡Agua fría, agua fría!» dibujan una escena costumbrista en peligro de extinción. Entre el pasar de los aficionados se ven caras conocidas y se oyen conversaciones interesantes.

La de otoño siempre me ha parecido una feria muy especial, ni larga ni corta, con esa dosis justa de afición tan saludable para la fiesta. Este año ha generado una tremenda expectación, con carteles bien rematados y un éxito sin precedentes en la venta de nuevos abonos. Sorprende la cantidad de gente joven que acude con ilusión a la fiesta de los toros.

La imagen dentro de la plaza es un «déjà vu» de tardes y ferias anteriores. Ahí está el tendido 7, bullicioso como de costumbre, pero defensor de una tauromaquia pura y sin engaños, con sus rostros curtidos por el sol y su afición desmedida. A lo lejos, o cerca, depende de cómo se mire, el tendido 3, «el de los ganaderos», con ese perfil de aficionado recto, respetuoso y torista tan necesario para la fiesta. En frente la grada del 8, ese trocito de historia que aún perdura en la plaza de Madrid. Dicen -los de la grada, claro- que desde ahí se percibe toda la plasticidad y grandeza del toreo.

La feria de otoño ha estado marcada por la debilidad y escasa bravura de las ganaderías anunciadas, pero también nos ha dejado ver a una nueva generación de matadores, hambrientos de triunfo y bien preparados, que parece asegurar el futuro de la fiesta.

Sábado 1 de octubre. Ilusión, entrega y la primera oreja de la feria.

La feria comenzó con una novillada picada de mucha expectación: novillos de Fuente Ymbro para un mano a mano entre Víctor Hernández y Álvaro Alarcón, dos de los novilleros más ilusionantes del escalafón. Víctor Hernández cuajó una tarde muy seria, con naturales importantes y toreo fundamental que hablan del buen nivel de este joven novillero. Un final por manoletinas de rodillas terminó por convencer a los presentes, que le otorgaron una oreja de peso en Madrid. Álvaro Alarcón, con la misma verdad con la que ya toreó la pasada feria de San Isidro, resultó herido tras una cornada superficial en el muslo derecho. Continuó su lidia con un gesto muy torero, aunque el torniquete no dejaba de sangrar y la preocupación del público se hizo notar. El joven tuvo que regresar a la enfermería para poder matar a sus dos últimos novillos. Alarcón nos dejó muletazos de gran belleza pero no fue capaz de cuajar una faena redonda.

Domingo 02 de octubre. Román y el templo maldito.

Toros de Adolfo Martín para Adrián de Torres, que confirmaba alternativa, Román y Ángel Sánchez. No puedo ocultar mi debilidad por Román: un torero de valor, con una bravura similar a la que presentan los toros a los se enfrenta. Me he topado con aficionados que le achacan poca habilidad para componer una figura de gran belleza artística. Pero ¿quién quiere arte cuando en el ruedo hay emoción, tensión, riesgo, valor y mucha, mucha verdad? Así es Román, para lo bueno y para lo malo; un matador de estilo antiguo, de los que se acercan a la muerte con la conciencia tranquila. El dos de octubre nos regaló otra tarde de valor. Tragó con su segundo toro, al que terminó dibujando muletazos sueltos de gran profundidad. Pero no estuvo acertado con la espada y perdió su trofeo. Otra vez Madrid, Román, tu templo maldito.

Adrián Torres fue otro ejemplo de entrega. Más acoplado y cómodo con su segundo, al que entendió y le dio la distancia justa para templar muletazos de gran emoción. Tras ser cogido sin consecuencias, falló con la espada y escuchó dos avisos. El calor del público desapareció.

A Sánchez le tocó el peor lote de la tarde. Tuvo pocas oportunidades de lucimiento, pero nos dejó un quite por chicuelinas que supo a gloria. Fue cogido en dos ocasiones, y en la última, tras estoquear el sexto toro de la tarde, resultó herido.

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